En el corazón de la Serranía de Ronda, en un pequeño pueblo llamado Pujerra, se encuentra la Ermita de San Antonio de Padua, un lugar que no solo es un punto de referencia religioso, sino también un símbolo de resistencia y devoción. La historia de esta ermita está marcada por un episodio significativo que tuvo lugar durante la Guerra Civil Española, cuando dos valientes vecinos decidieron proteger la imagen del santo de la destrucción. Este acto de fe y valentía ha dejado una huella imborrable en la memoria colectiva del pueblo.
### La Protección de un Patrón
La Guerra Civil fue un periodo de gran convulsión en España, donde muchas imágenes religiosas fueron destruidas o dañadas por la furia de la guerra. Sin embargo, en Pujerra, dos hombres, Antonio Chicón Mena y Benito Guerrero Calvente, decidieron que no permitirían que la imagen de San Antonio de Padua, el patrón del pueblo, corriera la misma suerte. Consciente del peligro que corría la escultura, tomaron la decisión de esconderla en un lugar seguro. En una noche oscura y silenciosa, transportaron la imagen a una casa de campo en Bentomí, un paraje apartado a unos dos kilómetros del pueblo, donde la ocultaron bajo unos corchos, lejos de miradas indiscretas.
Este acto de protección no solo salvó la imagen, sino que también sembró las semillas de lo que se convertiría en un importante legado cultural para Pujerra. La decisión de estos dos hombres fue un reflejo de la devoción que sentían por su patrón y de su deseo de preservar la identidad del pueblo en tiempos de adversidad. Años más tarde, cuando la guerra terminó y la calma regresó, otro vecino, José de Amalia, se encargó de recuperar la imagen. Con gran esfuerzo, la llevó a Cartajima para su restauración, cargándola a pie por los caminos de montaña. Este viaje, que muchos consideran un acto de fe, culminó con el regreso de San Antonio a Pujerra, donde fue recibido con alegría y alivio por parte de los habitantes.
### La Ermita como Símbolo de Unidad
Con la llegada de la democracia, el pueblo decidió rendir homenaje a este episodio histórico construyendo la Ermita de San Antonio de Padua en el mismo lugar donde la imagen fue escondida. Aunque la capilla tiene pocas décadas de vida, su significado es profundo. Se ha convertido en un lugar de encuentro y celebración, especialmente durante la tradicional romería de San Antonio, que se celebra cada verano. Durante esta festividad, los vecinos suben al santuario con flores, cantos y ofrendas, reafirmando su conexión con la historia y la fe que une a la comunidad.
La ermita, con su diseño sencillo, no es solo un lugar de culto, sino también un símbolo de resistencia y memoria. Representa cómo la fe y la unión pueden mantener viva una identidad, incluso en los momentos más oscuros. Pujerra, al igual que otros pueblos de la Serranía, sufrió las consecuencias del conflicto, pero también encontró la manera de sobreponerse a través de gestos de solidaridad y devoción como el de aquellos dos vecinos que decidieron proteger a su santo.
Los visitantes que llegan a la ermita suelen quedar sorprendidos al conocer su historia. No se trata de una iglesia monumental ni de un antiguo santuario, pero sí es un lugar con alma. La tranquilidad que se respira en el entorno, donde solo se escucha el canto de los pájaros y el susurro del viento entre los árboles, contrasta con el tumulto de la historia que ha vivido este pueblo. Este ambiente sereno es probablemente el mismo que acompañó a Chicón y Guerrero en aquella noche en la que decidieron esconder a su patrón.
La Ermita de San Antonio de Padua no solo es un lugar de culto, sino un recordatorio constante de la importancia de la memoria colectiva y de cómo los actos de valentía y devoción pueden perdurar a lo largo del tiempo. En un mundo donde muchas tradiciones se pierden, la historia de Pujerra y su ermita se erige como un faro de esperanza y unidad, recordando a todos que, incluso en los momentos más oscuros, la luz de la fe y la comunidad puede prevalecer.
